La inundación de Piedras Negras de 1954
Qué pasó
«El sol brillaba cuando la inundación llegó y brillaba cuando la inundación se fue, y brillaba mientras contábamos a nuestros muertos». Lo escribió José Galván, abarrotero de Piedras Negras, que pasó dieciocho horas sobre el techo de su tienda. Clima de día de campo, con el desastre a los pies.
Piedras Negras era una ciudad fronteriza, con más de un siglo de vida, tendida junto al Bravo frente a su gemela texana, Eagle Pass. El río, color chocolate y andar perezoso, era costumbre más que amenaza.
La ciudad, además, era de barro. Una de cada cuatro casas era de adobe puro y la mitad, de adobe con fachada de ladrillo. El adobe había resistido balas, incendios y tormentas. Nunca había tenido que resistir agua corriendo.
El origen
La región arrastraba una sequía prolongada. El huracán Alice tocó tierra el 25 de junio, al sur de Brownsville, y la prensa texana lo despidió con un titular que tres días después sonaría a burla: «ALICE IS A FLOP». Sus restos, ya sin viento, descargaron la lluvia sobre las cuencas de los ríos Pecos y Diablo. La tierra reseca rechazó buena parte del agua y la mandó a los cauces.
Sábado 26 y domingo 27: el aviso
La guarnición militar recibió las primeras advertencias la noche del sábado. El domingo, a media mañana, funcionarios de Eagle Pass cruzaron el puente a buscar al presidente municipal. En Piedras Negras el mensaje pasó de la garita a un sacerdote, de ahí a los vecinos y, por fin, a Rolando González, que fue a ver el río a las diez y tomó medidas poco a poco. Era domingo. Repicaron las campanas, la plaza se llenó de paseantes y decenas de curiosos fueron a la orilla a mirar una corriente que arrastraba muebles y troncos.
La ciudad no creía en el peligro, y tenía sus razones. En 1932 el agua había llegado hasta las puertas y se había retirado; después se levantó el bordo, y en 1948 no pasó de las calles bajas. Dos años después, casi dos de cada tres sobrevivientes dijeron lo mismo: nadie creyó los avisos. La obra que protegía a Piedras Negras protegió también su incredulidad.
A eso se sumó el rumor de que las autoridades querían vaciar las casas para saquearlas, y la terquedad de quienes llevaban media vida juntando un patrimonio. Galván mandó a sus gemelos de quince años a acampar en las lomas. Él y su esposa, Manuela, se quedaron. «He pasado inundaciones antes, ¿por qué debería irme ahora?».
Lunes 28: la ciudad se mueve, tarde
Los soldados dieron por perdido el trabajo de reforzar el bordo y se pusieron a evacuar, a veces a la fuerza. Los ferrocarrileros armaron un convoy de carros vacíos para sacar familias hacia las partes altas. Los camiones de la policía recorrieron las calles con altavoces. Un sargento se asomó a la tienda de Galván: «¡José! Vienen grandes crecidas. Debes irte». «¡Vamos, hombre! ¿No ves que estoy ocupado?». El sargento arrancó furioso, con el camión vacío.
Por la calle Juárez entró una lengua de agua café, de apenas un palmo, en la que chapoteaban niños. Venía de atrás, filtrándose por un viejo cauce del río. Hacia la tarde el puente del ferrocarril fue dinamitado para que los troncos acumulados no hicieran de represa, y los mirones que aún quedaban salieron corriendo gritando que el bordo se había roto.
Fue una huida sin orden y, aun así, sin un solo choque. El periodista Manuel Faz Villarreal, jefe de redacción de La Voz del Norte, cruzó la avenida Emilio Carranza entre cientos de claxons, con mujeres y niños a pie rogando que los dejaran subir a los estribos. Llevó a su esposa embarazada y a sus seis hijos a una loma de la avenida Progreso, donde ya se apiñaban sesenta o setenta refugiados. Uno de los niños, Rubén, de siete años, ardía de fiebre.
A las cinco de la tarde la sirena de los bomberos sonó cinco veces: la orden de abandonar el centro. Al caer la tarde cedió el gran bordo del norte y el río entró entero. Galván y Manuela vieron llegar la ola desde la azotea. Antes, el agua había deshecho el piano vertical de segunda mano, pagado a abonos, en el que tocaban sus hijos. No volvería a sonar.
La noche
La ciudad se volvió un archipiélago de azoteas y segundos pisos. El agua llegó a un garaje, reventó sus tanques de gasolina y cubrió de fuego media cuadra. Raúl Vela del Campo, de diecisiete años, nadó bajo las llamas para sacar a una anciana que se había echado al agua tras su bolsa, con seiscientos pesos, todo lo que tenía.
Los sobrevivientes lo llamarían «agua sólida»: el adobe se deshacía como azúcar morena. Unas casas se hundían con un quejido sordo y otras se partían con un estallido, como un disparo. Se oían gritos de auxilio, y uno a uno dejaban de oírse. A una anciana el agua le llegó al mentón; abrió a puñetazos un hueco en el techo de lámina y pasó la noche con la cabeza afuera.
A las cuatro y media de la madrugada del martes el río alcanzó su punto máximo. Después se hizo un silencio pesado.
Martes 29: el amanecer
El agua cedió de golpe. De las calles subía un olor espeso de ciénaga y de animales muertos. Los puentes estaban rotos y no había luz.
Galván bajó de la azotea tras dieciocho horas. De lo que había reunido en veinte años rescató ciento cincuenta paquetes de manteca, que todavía le debía a su proveedor. En la calle se encontró a un vecino, Jesús García Casas, que cavaba con una pala en los cimientos de su casa. «Luego, algún día, no sé cuándo, reconstruiré mi casa. Esta es mi tierra».
La cuenta de los muertos
Nadie lo sabe. Las comunicaciones estaban cortadas y los partes cambiaban cada hora. La cifra oficial más temprana fue de treinta y ocho ahogados. La Associated Press escribió que, en opinión de su enviado, eran muchos más. Un médico del campo aéreo reportó doscientos. El sociólogo Roy A. Clifford, que dos años después verificó 48 muertes y consideró muy probables otras cincuenta, estimó alrededor de 130. No hubo censo de desaparecidos, y entre ellos había jornaleros que nadie conocía en la ciudad. Más abajo se presentan todas las cifras, cada una con su fuente.
La misma agua, otra orilla
Del otro lado del río, en Eagle Pass, el agua destruyó casas, pero no se registraron muertos. En Piedras Negras destruyó más de mil.
La diferencia no fue solo el agua. En Eagle Pass menos de una vivienda de cada quince era de adobe. Sobre todo, el administrador de la ciudad reunió a los funcionarios en una sola junta, a las nueve y cuarto de la mañana, y actuaron juntos. En Piedras Negras cada corporación esperó órdenes de su propio jefe, lejano. Solo el ejército, que respondía a su propio mando, funcionó como organización.
Mientras en Piedras Negras se discutía quién debía firmar la solicitud de ayuda, vecinos de Eagle Pass organizaron por su cuenta un puente aéreo de víveres con cuatro avionetas.
«Piedras Negras ha muerto»
El 1 de julio la Revista de Revistas puso en su portada: «¡Piedras Negras ha muerto!». Faz Villarreal respondió con otro titular, de seis palabras: «¡Mienten, Piedras Negras no ha muerto!». Mientras él lo escribía, los ingenieros militares tendían puentes sobre el cauce revuelto, las brigadas vacunaban casa por casa y los comerciantes baldeaban el lodo.
Los damnificados del barrio bajo fueron reubicados en una loma. La colonia se llama todavía 28 de Junio, sin año.
¿Cuántas personas murieron?
| Cifra | Quién la dio | Fuente |
|---|---|---|
| Rumores de 2,000, luego 1,000, luego 500 | R. B. Goodrum, patrullero de caminos de Texas, en Eagle Pass | Dave Cheavens (AP), «Rio Grande Rips At Laredo's Edge», Denton Record-Chronicle, 30 de junio de 1954, p. 1 |
| 20 muertos conocidos | Dr. Rodrigo Andalón, jefe del hospital de Piedras Negras | Associated Press, The Abilene Reporter-News, Ed. 2, 30 de junio de 1954, p. 1 (ark:/67531/metapth1649522) |
| 38 ahogados en Piedras Negras | U.S. Weather Bureau | Climatological Data: Texas, junio de 1954 |
| Al menos 200 identificadas y sepultadas | Un empleado del gobernador de Coahuila, a la Associated Press | «Flood Deaths May Hit 200», Sunday Spokesman, 4 de julio de 1954 |
| Más de 100 víctimas bajo 500 fincas colapsadas | Despacho transmitido desde Allende | «Cada momento urge más la ayuda del Gobierno», El Informador (Guadalajara), 2 de julio de 1954, p. 1 |
| 48 comprobadas, 50 más muy probables, unas 130 estimadas | Roy A. Clifford, estudio de campo | The Rio Grande Flood: A Comparative Study of Border Communities in Disaster, National Academy of Sciences, 1956, pp. 3 y 139 |
La cifra real nunca se conoció. Las cifras oficiales, los rumores y los estudios posteriores no coinciden; aquí se presentan todas, cada una con su fuente.
Sigue explorando
- Cronología de la inundación, hora por hora
- Numeralia: diez gráficos con los números y curiosidades de la inundación
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- Prensa y medios: canciones, noticieros y el río en el cine
- El libro: El río que enloqueció
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Preguntas frecuentes
¿Qué día fue la inundación de Piedras Negras?
La inundación llegó el lunes 28 de junio: al caer la tarde cedió el gran bordo del norte y el río entró entero a Piedras Negras. El río alcanzó su punto máximo a las cuatro y media de la madrugada del martes.
¿Qué la causó?
Los restos del huracán Alice, que tocó tierra el 25 de junio al sur de Brownsville, descargaron la lluvia sobre las cuencas de los ríos Pecos y Diablo. La tierra reseca, tras una sequía prolongada, rechazó buena parte del agua y la mandó a los cauces.
¿Por qué no evacuó toda la ciudad y por qué cayeron tantas casas?
Casi dos de cada tres sobrevivientes dijeron que nadie creyó los avisos, confiados en el bordo levantado tras la crecida de 1932. Además, una de cada cuatro casas era de adobe puro y la mitad de adobe con fachada de ladrillo, materiales que se deshicieron con el agua corriendo.
¿Cuántos murieron?
La cifra real nunca se conoció: las cifras van de 20 muertos conocidos a rumores de 2,000. La tabla de arriba presenta cada una con su fuente.
¿Hasta dónde llegó el río en Laredo?
En Laredo, Texas, el río llegó a 62.21 pies (19.0 m), 12.6 pies (3.84 m) por encima del máximo anterior, el de 1932, según el U.S. Weather Bureau.